jueves, 22 de junio de 2017

La visita de las cinco: a cuarenta años de la desaparición del periodista Enrique Raab


Museo Sitio de Memoria ESMA.

AGENDA JUNIO

Enrique Raab

Sábado 24 de JUNIO, 17 horas

 

LA VISITA DE LAS CINCO


A cuarenta años de la desaparición del periodista Enrique Raab (1977-2017)


El último sábado de cada mes, el Museo Sitio de Memoria ESMA organiza
una visita abierta al público con invitados especiales.

Enrique Raab es uno de los más notables cronistas argentinos. Secuestrado el 16 de abril de 1977 y desaparecido en la ESMA, integra la lista de 173 trabajadores de prensa víctimas de la dictadura cívico-militar. Trabajó para ConfirmadoPrimera PlanaSiete DíasLa RazónClarín y sobre todo La Opinión. Militaba en el PRT. Fue secuestrado con su pareja, Daniel Girón, quien fue liberado una semana después.


Invitados:

María Moreno
Escritora, periodista, ensayista y crítica cultural. Seleccionó, comentó y prologó el libro Enrique Raab. Periodismo Todoterreno (Sudamericana, 2015).


Máximo Eseverri
Docente. Secretario Académico de la Maestría en Periodismo (FCS-UBA). Coordinó el libro Raab/Visconti - La tierra tiembla (Eudeba, 2011) y escribió Enrique Raab: claves para una biografía crítica. Periodismo, cultura y militancia antes del golpe (Prometeo, 2007).


Cronista invitado: Diego Trerotola
Periodista y crítico de cine. Activista de la CHA y miembro de la organización de la Marcha del Orgullo LGTBIQ en Buenos Aires.

ver evento
MUSEO SITIO DE MEMORIA ESMA 
Abierto al público de martes a domingo de 10 a 17 h.
Entrada gratuita. Contenido no apto para menores de 12 años.
Av. Del Libertador 8151 / 8571 (ex ESMA) CABA Argentina.
Ver mapa interactivo

+54 (11) 5300-4000 int. 79180 / 79178 - sitiomemoriaesma@jus.gov.ar
Para coordinar visitas grupales: institucionalsitioesma@jus.gov.ar

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Museo Sitio de Memoria ESMA · Av. Del Libertador 8151-8571 · Núñez, Buenos Aires C1429BNB · Argentina

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miércoles, 21 de junio de 2017

Jornadas Arnaldo Calveyra




Estimados lectores:

Tenemos el gusto de invitarlos a las Jornadas Arnaldo Calveyra.
El miércoles 21 y jueves 22 de junio en MALBA y Biblioteca Nacional Mariano Moreno nos reunimos para leer y recorrer la obra de Arnaldo Calveyra junto a Osvaldo Aguirre, Beltrán Calveyra, Arturo Carrera, Silvina Friera, Pablo Gianera, Fabián Lebenglik, Leonardo Sabatella, Daniel Samoilovich y Eduardo Stupía, entre otros.

Adriana Hidalgo editora

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miércoles, 14 de junio de 2017

"El largo exilio de Augusto Roa Bastos", por Mario Goloboff


Desde los comienzos, en la biblioteca del tío religioso (el obispo Hermenegildo Roa, en realidad tío de su padre, Lucio), había ido creciendo a lo largo de los años la envidiable sabiduría que Augusto Roa Bastos paseaba por el mundo, bajo una apariencia infinitamente modesta. A aquéllos, siguieron la frecuentación de poetas y de narradores escritos y, sobre todo, orales, en español y guaraní, el ejercicio del periodismo, el estudio de la historia y la práctica de la política, el largo exilio que a partir de 1947 (a los treinta años, había nacido en junio de 1917) le tocó vivir en la Argentina, su prolongada estadía en Francia. Hasta el definitivo y tan ansiado retorno a su añorada tierra paraguaya, brújula y horizonte incanjeable de todos sus esfuerzos.
Esa sabiduría se prodigó en campos muy diversos de la vida, orientada siempre a la defensa de los pueblos americanos y amerindios, de nuestras lenguas y culturas, de nuestros derechos, de nuestro espacio y de nuestro futuro. En todos esos aspectos, su comportamiento fue ejemplar, sin gestos altisonantes ni lucimientos personales, como quien hace lo que debe, obedeciendo a un mandato interno, no porque esté pensando en sí mismo.
Pero donde ella se condensó (tal vez también por mandatos internos, aunque más desconocidos, más ignotos), allí donde se concentró, fue en el ejercicio de la literatura que, entre todas sus pasiones, era su pasión más absorbente y principal: la práctica poética, la ficción, la creación de mundos novelescos, a los que probablemente se proyectó en tempranas lecturas de Don Quijote de la Mancha, de Michel de Montaigne, de Blaise Pascal, de los autores norteamericanos, rusos, italianos y alemanes contemporáneos, de nuestro Jorge Luis Borges, cuyos textos conocía de memoria.
Todo ello le permitió escribir (en la mayor parte de los casos, aquí, en la  Argentina), excelentes cuentos, atractivos relatos y novelas y, muy especialmente, una de las mayores obras literarias que ha dado el siglo XX, no sólo, claro está, en lo que hace a América latina sino, por lo que conozco, al menos de Occidente. Me refiero a Yo el Supremo, publicada por primera vez en Buenos Aires, en 1974, y traducida ahora a numerosas lenguas.
Yo el Supremo toma un tramo fundamental de la historia del Paraguay, el de la Dictadura Perpetua de don José Gaspar Rodríguez de Francia entre 1814 y 1840, y sus intentos, discutidos y polemizados, por construir una nación próspera e independiente. Es, pues, una novela esencialmente paraguaya, que da cuenta de su pasado y que también se remonta al presente del autor. Escrita en una lengua española deslumbrante, trabajada, descompuesta, recompuesta y enriquecida por la lengua guaraní, pero que, como toda gran creación artística, no deja de transparentar el momento y el lugar en que la misma se realiza, aunque esté referida, en apariencia, a otro lugar y a otro tiempo.
Por eso, esta obra mayor respira muy profundamente la atmósfera que vivíamos en la Argentina a principios de la década del ’70, época en la cual imperaba la discusión sobre el destino de América latina y sobre la política nacional y, acompañándola, abundaban la circulación de los saberes, la discusión teórica, la polémica sociológica, histórica, psicoanalítica y aun semiótica y literaria, hasta sobre las formas mismas de narrar.
Augusto Roa Bastos captó como pocos ese clima cultural, y lo infundió a su novela, en la que hay innumerables trazas y huellas del presente y del pasado argentinos, de sus aspiraciones y de sus mitos. Fue, acaso, por esa vía, indirecta, simbólica, poética, que unió en muy alto grado, a través de su persona y de su obra, a nuestras culturas, a nuestros pueblos.
Los ’70 eran entonces el caldo de cultivo de todas nuestras ensoñaciones: el peronismo, creciente y reivindicativo, imperaba por un lado; las izquierdas, por el mismo lado y también por otros; los intelectuales y la fabulación teórica local, por lo común pendientes de qué sucedía en Europa, pero también fértiles, activos, altivos, desparramaban textos y saberes con generosidad inédita. El catálogo de la propia editorial que publicó Yo el Supremo, con dibujos especiales de Carlos Alonso, era una demostración del clima en que vivíamos.
Todo ello está presente y actuante en esta novela mayor: don José Gaspar Rodríguez de Francia se dice un león herbívoro, como nuestro conocido General en tiempos de su retorno, pero arenga “conducción” y “verticalidad”; por su boca o la del “compilador” hablan Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, William Shakespeare, Blaise Pascal, Raymond Roussel, los autores del “Nouveau roman” francés, Robert Musil (el de “El hombre sin atributos” o “sin cualidades”); el Supremo imparte a su amanuense Patiño una soberbia “lección de escritura” a la que no son ajenas las lecturas argentinas, atentas y anticipadas de Claude Lévi-Strauss, Roland Barthes, Jacques Derrida; Roa crea un personaje importante de la novela, totalmente construido, “antiguo prisionero de la Bastilla”, Charles Andreu-Legard (anagrama poco oculto del verdadero nombre del profesor cátalo-francés que nos llevó a ambos a Toulouse, Jean L. Andreu, y de nuestro mítico cantor nacional): la Argentina lo había marcado, y su texto estaba contagiado de este país, de Buenos Aires, de sus reuniones de café, sus discusiones políticas, culturales, de sus mitos.
En el 11 de la rue Van Gogh, en el quartier Le Mirail, de Toulouse, moró durante todos los años que van desde 1976 hasta que se volvió al Paraguay. Vivíamos a unos quinientos metros. Le encantaba venir a ver y oír a mi hija menor, Sofía, cuando trabajaba, de chiquita y denodadamente, el violín. Estaba todavía allí cuando nos fuimos, diez años después, lamentando perder su compañía, perder los diálogos siempre enriquecedores con que me había honrado en mi casa o en la oficina de la Universidad que compartíamos, sus proyectos novelísticos que me costaba ciertamente comprender, sus enseñanzas y hasta sus silencios.
Porque también en estos se transmitía la sensibilidad a flor de piel, la preocupación humana, la reflexión ágil, profunda, la acertada inventiva, el humor fino, hiriente, veloz, que nunca le faltaba para burlarse de los demás y en especial de sí mismo. Y el constante acecho del poeta a todos los fenómenos del alma y del mundo, no para “convertir lo real en palabras” sino, como él escribió, acertada, sabiamente, para “hacer que la palabra sea real”.
* Escritor, docente universitario. 
Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de Roa Bastos.
[Publicado en Página12, 14/06/2017]

jueves, 8 de junio de 2017

ESTE SÁBADO: DIARIOS DEL ODIO en Sarmiento 2037 / ÚNICA FUNCIÓN


Luego del estreno en la Universidad Nacional de General Sarmiento y el estreno en Capital Federal, en el Centro Cultural Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras, Diarios del odio, indagación escénica y musical del poemario homónimo de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny, dirigida por Silvio Lang, junto a ORGIE -Organización Grupal de Investigaciones Escénicas- se presenta en una única función en la Sala Caras y Caretas 2037 (Sarmiento 2037, CABA), el sábado 10 de junio a las 22 hs. Las entradas tendrán un valor de $200 y se adquieren en boletería de la sala y en tuentrada.com

SINOPSIS  


Dos planos escénicos heterogéneos se enfrentan en la indagación sobre el poemario Diarios del odio, de Roberto Jacoby y Syd Krochmalny: las relaciones de los cuerpos en masa y los enunciados del odio de los lectores anónimos de las ediciones digitales de La Nación y Clarín, durante los gobiernos kirchneristas. En el primer plano los cuerpos se organizan en la materialidad de fenómenos de masas en movimiento en el espacio público –marchas, piquetes, saqueos, estampidas, linchamientos, represiones policiales, formaciones militares, éxodos, rituales. En el otro plano, los enunciados vueltos poemas se resuelven en canciones pop evangelista. En las tensiones y transacciones entre uno y otro plano se juegan los afectos de odio y de dicha de los cuerpos, tanto como la estrategia de poder del pastoreo de las masas ante sus desbordes contingentes de igualdad, organización y emancipación.



Duración: 75 minutos

SOBRE DIARIOS DEL ODIO
"A los eslabones de la serie de traducciones –obra visual / poemario- se le agrega ahora una performance teatral, encarada por Silvio Lang y un conjunto de actores y músicos. Traducir al cuerpo, en los cuerpos, por los cuerpos. Individuales y colectivo. Ver qué hace el odio en ellos y el combate grupal contra el odio. Lo comunitario que embate para evitar su propia destrucción. Siempre en esta secuencia de traducciones se estuvo pensando la política y las pasiones. Las pasiones que atraviesan, fundan y desgarran. La política como modo de hacer con las pasiones. Agitándolas, absorbiéndolas, conjurándolas. Lang, según adelanta, piensa en ese vaivén."
María Pía López, directora del Centro Cultural de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

Diarios del odio, es una plegaria, es coro antiguo pero esta totalmente modernizado y tiene sarcasmo interno, los cuerpos tienen toda la plasticidad de la historia del teatro, la coreografía, por lo tanto asistimos a un argumento, una gran yuxtaposición del texto teatral, del juego teatral (...) Una obra tan incisiva mete una cuchilla en el corazón de la lengua argentina, la lengua del odio, algo significa como una reflexión desafiante a lo que ocurrió esta tarde en la Ciudad de Buenos Aires. Es decir, también, la marcha se lanzó a pensar esta ciudad, esta ciudad con toda especie de obstáculos para pensar, la construcción de los obstáculos para pensar sobre la forma de la ciudad".
Horacio González, Campo de Prácticas Escénicas

"La puesta de Silvio Lang musicaliza, canta y baila la trivialidad asesina, la desensibilización general que crece entre nosotros. Diarios del odio debe ser otra cosa que autocomplacencia sobradora para conciencias progresistas. Es parte de un programa de investigación militante sobre los modos del goce de las imágenes del crimen con que lo neoliberal crece entre los adoquines. Desentrañar ese tejido, resistirlo al nivel de los ritmos y las fibras es la base de una contracoherencia desafiante, micropolítica, a la altura de la amenaza que sufrimos."

Ahora esos materiales mutaron a indagación teatral: un abrumador cúmulo de canciones (desde salmos religiosos a hip hop) y de cuerpos que no son múltiples sino siempre uno solo, un colectivo aterrorizante, aterrorizado. Marchan, se trepan, se agreden, se rozan, sudan: el maquillaje se desprende y va quedando una pátina de yeso sobre el piso, una nube de polvo tóxico sobre todxs nosotrxs, mientras el rojo chorrea y uniformiza las pieles hacia algo sanguinoliento, carne cruda.
 
"Diarios del odio muestra una cara cruda y dolorosa de nuestro tiempo. Es el testimonio de una guerra en la que, durante años, no quisimos vernos reflejados. En ese mostrar, en ese mismo acto expresivo, la obra da una disputa sensible. Nombra el odio para combatirlo, y lo combate para comprenderlo. Hay en esta obra un pensamiento sutil que penetra en lo real. Un pensamiento que recorre una guerra que, por constante, pareciera oculta."
Pedro Yagüe y Santiago Azzati, Campo de Prácticas Escénicas
"Lo que le queda al arte, a la política, a la ética es la exigencia de convertir la guerra en una danza, convertir el cuerpo en un gesto, ejercer en medio de la violencia una com-posición de cuerpos ex-puestos, es decir, lo que queda en medio de la estética de la violencia, lo que todavía nos queda es abrir imágenes —y así, imaginaciones. Y entonces, si la estética es el modo en que la violencia se impone, la imagen gestual será el modo en que ella se depone y expone, el modo en que se vuelve amable. Solo así podrá pensarse un cuidado de los cuerpos, un momento en que decimos "PAREMOS", nos estamos matando, necesitamos cuidarnos, necesitamos componer algo que no sea puro golpe y patada, pura o-posición. En eso se precisa, a nuestro entender, la potencia de ORGIE: en haberse percatado que debían cuidarse, en haberse implicado en convertir los golpes y las patadas en gestos, en exposiciones de cuerpos, en imágenes".
Manuel Moyano, Escrituras Escénicas


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